Crónica convivencia de Confinación en Infantes

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El pasado 30 de abril y 1 de Mayo, un grupo de jóvenes de nuestra parroquia junto con otros jóvenes de la parroquia Sagrada Familia, marcharon hasta Infantes con el propósito de vivir una experiencia diferente que les ayudara a descubrir el rostro de Jesús resucitado y la fuerza que Éste suscita en cada una de sus vidas.

Después de romper el hielo, con juegos divertidos de presentación, nos sentamos a profundizar a través de la parábola del “País de los pozos”. ¿Cómo se manifiestan en nosotros esos elementos? ¿Cuál es el proceso por el que debemos pasar para ir de unas actitudes a otras? Reconocimos que nuestro brocal se llena de cosas, muuuchas cosas, y que a veces, estas cosas nos dificultan para llegar al fondo. A los valores reales en los que asiento mi vida.  No hizo dar muchas vueltas para comprender que lo que realmente importa vive en el fondo, que está ahí en cada uno de nosotros y vive para darnos vida. Descubrimos que el agua nos une, nos mantiene vivos, y mantiene nuestras relaciones con los demás. Descubrimos que aunque pequeños y materialistas Jesús sigue contando con nosotros y confiando en nosotros, y como la Montaña, Él, nos sigue ofreciendo Su agua y esperando pacientemente que un día lleguemos a descubrirle como el valor supremo de nuestra vida, pasando del brocal a lo más profundo de nuestro ser.

Tras esta puesta en común, invitamos al silencio personal. Cada uno se marchó para encontrarse personalmente con Jesús. Una experiencia muy rica y que hizo disfrutar a la mayoría de ellos, pidiendo que se repitiera. ¡Qué maravilla!

La cena fue a cargo de las familias que muy generosas colaboraron en que pudiéramos degustar un variado y sabroso menú. Muchas gracias de nuevo, desde estas líneas.

Después de esto, y tras disfrutar de la compañía agradable y distendida de unos y otros, nos pusimos en camino de nuevo. Esta vez, para acompañar a Jesús en su camino de gloria, realizamos un Via Lucis, destacando aquellos acontecimientos extraordinarios que tanto bien nos han hecho a cada uno personalmente y a la Iglesia. Nos envolvía un cielo iluminado por la Osa Mayor, una noche apacible, y un susurro de la naturaleza. Por parejas,  fueron guiándonos en medio de la oscuridad con un candil, y la luz fue pasando de unos a otros, pues es compromiso de todos alumbrar y ser buena noticia en medio de tantas dificultades. Una experiencia maravillosa también.

Un cola cao y un dulce nos esperaba tras la caminata. Mmmmm…. ¡Qué bien nos sentó!

Por la mañana, nos despertamos con ganas de celebrar la vida, y de empezar a donar vida, esa fue la base de nuestra oración primera. Esto, junto con un desayuno saludable, bastó para comenzar con energía la mañana.

El centro esta vez, estuvo en el Sacramento de la Confirmación. Lo que significa realmente en mi vida, lo que me aporta, el sentido dentro de la comunidad… Este ejercicio acabó con un encuentro personal individual que nos hiciera reflexionar sobre tan seria a la vez, apasionante decisión de querer SER confirmados en la fe. Acabado este tiempo, hubo un momento para compartir por grupos, muy enriquecedor y preparamos la Eucarístia.

La celebración de la Eucaristía, fue un tiempo muy interesante, ya que, el celebrante, en este caso José Carlos, (ya que Antonio estaba limpiando la Iglesia nueva para prepararla para las cercanas confirmaciones de adultos), fue haciendo caer en la cuenta de cada gesto, cada símbolo y cada palabra pronunciada. Realmente, fuimos muy conscientes de lo que se estaba haciendo presente allí. Muchas gracias, por acercarnos a la Palabra, al Verbo encarnado, y por hacernos cómplices de una realidad que en la mayoría de las ocasiones nos supera.

Con esto, nos llegó la hora de comer, deliciosa comida compartida. De reoger nuestras cosas, de guardar en las mochilas experiencias irrepetibles, de ponernos a punto para ser miembros maduros en la Iglesia. Con esta intención acabamos la jornada. Una dinámica que no hacia consecuentes con nuestra decisión, se nos marca una tarea como bautizados y confirmados: ser para los otros. Estamos destinados a los demás, cada uno haciendo uso de los dones que Dios ha puesto en nosotros. Desde la diversidad, como los distintos sabores del agua del pozo que vimos el primer día de encuentro,  formamos una Iglesia más rica, más viva y más dinámica desde el dinamismo, y la riqueza personal que somos capaces de aportar con nuestra vida. Nadie imprescindible, pero TODOS NECESARIOS para seguir construyendo una Iglesia viva y nueva.

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