El Espíritu de Dios hoy está sobre mí

Por Inés M. Losa Lara

Nuestra Comunidad Parroquial, el pasado sábado, se vestía de fiesta para celebrar la venida del Espíritu Santo sobre los 174 adultos que durante este curso se han formado para recibir el Sacramento de la Confirmación.

La Parroquia se nos quedaba pequeña, hubo de recurrir a un pabellón, el San José, para acoger a todos los confirmandos que, junto a sus padrinos, familiares y amigos y toda la comunidad parroquial, nos daríamos cita, un total de más de mil personas. Un pabellón convertido en Templo Parroquial por unas horas, un pabellón que no sólo, no restaba solemnidad al Sacramento, sino que la enriquecía al podernos acoger a todos, dando sentido a nuestro ser Iglesia.

Se cuidaron los detalles con esmero para convertir un edificio deportivo en un espacio para el culto. Los propios confirmandos, desde días atrás, habían pintado el que habría de ser retablo: una Cruz desnuda presidiendo, de la que nacían a derecha e izquierda los siete dones del Espíritu: sabiduría, entendimiento, consejo, fortaleza, ciencia, piedad y temor de Dios. Dones que se prolongaban con los frutos del espíritu: la caridad, el gozo, la paz, la paciencia, la mansedumbre, la bondad, la benignidad, la perseverancia, la fe, la modestia,  la templanza y la castidad. No faltó la imagen de María, un icono precioso suspendido sobre el Altar.

A eso de las 8 de la tarde daba comienzo la celebración, presidida por Don Tomás Villar nuestro vicario, quien, junto a nuestro arcipreste D. Benjamín, nuestro párroco D. Antonio y D. José, nos daba la bienvenida calurosamente y nos pedía el esfuerzo especial de contribuir a conseguir el silencio que nos permitiera vivir la celebración.

Tras la liturgia de la Palabra, nuestro párroco, D. Antonio, presentaba a los confirmandos dando fe de su preparación y disposición a recibir el Sacramento. En la homilía D. Tomás se encargaría de darnos pistas de vida a todos, no sólo a los que se iban a confirmar, sino a toda la comunidad, pistas que pasaban por la escucha de la Palabra y el Pan de la Eucaristía, y que nos tienen que llevar a ser testigos.

Si especial fue el silencio en la imposición de manos, y  los rostros felices de los nuevos ungidos, especial fue también, y reflejo de nuestra fraternidad, el precioso momento del Padre Nuestro, en el que toda la comunidad, los más de mil que allí estábamos, cogidos de la mano, nos dirigimos  al Padre rezando y cantando la oración que Jesús nos regaló.

El Espíritu nos envía a anunciar con nuestra vida a Cristo Resucitado. Atrás queda Babel, los motivos que buscamos cuando nos preguntamos qué llevará a tantos adultos a pedir el Sacramento de la Confirmación. Desde el sábado, todo es Pentecostés. Y es que sólo el Señor sabe cuándo y cómo envía obreros a su mies. El Señor ha derramado su Gracia sobre cada uno de ellos y les invita a dar fruto allí donde Él quiere.

¡Enhorabuena a los nuevos confirmandos!

¡Enhorabuena a toda la Parroquia porque está viva, porque sigue creciendo, porque el Señor ha vuelto a derrochar sus dones sobre todos nosotros!

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