Jornada de la Infancia Misionera 2013

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El gozo y la alegría pueden más que la pereza dominguera y el gris de la mañana. Nos quitamos las legañas cantando. Don Antonio insiste, nos quiere despiertos. Salimos a la calle, formamos detrás de la pancarta:

Somos misioneros,

tenemos una misión,

queremos ver el mundo

lleno, lleno,

lleno, lleno de Amor.

Vamos cortando calles con nuestro amor a Jesús

Para que se cierren heridas,

y que se abran más puertas,

necesitamos que haya

más Amor en nuestra Tierra.

En La Sagrada Familia esperamos al resto de las parroquias, cuando llegan nos vamos todos juntos al pabellón de la ciudad deportiva. Alguien tiene que ser el primero y en este caso somos nosotros. Nos colocan, está  todo lleno, tanto la cancha como las gradas.

Comienza la Santa Misa. Celebra Luis Miguel Avilés misionero en Tailandia y anteriormente sacerdote en Tomelloso. No somos extranjeros, somos un solo corazón con el Señor, asegura Luis Miguel en la entrada.

En la homilía nos habla de tres niños (de nombres impronunciables y por supuesto, intranscriptibles)  de una de las parroquias que atendía en Tailandia, la de Santa María Reina de los Ángeles, adónde el sacerdote iba en moto los viernes. Estos niños vivían con su abuela en una choza pues sus padres hubieron de marcharse a trabajar a Bangkok. Eran hermanos, pero no “de vientre” como allí dicen, primos para nosotros. Los tres chicos cocinaban el arroz, importante en Asia. Se levantaban a las 6 de la mañana, preparaban el infiernillo de carbón y cocinaban el arroz al vapor. Mientras la abuela buscaba comida. La maestra avisaba al sacerdote de que los niños estaban desnutridos y que a la escuela llevan para comer solo arroz. Los viernes comían en la Parroquia, pasta y si el dinero acompañaba, pollo.

Los chiquillos le pedían a Luis Miguel que les hablase de los niños de Tomelloso. Estos tres, que dormían en el suelo con una estera de palma por colchón se interesaron por si en el pueblo teníamos pobres. Ante la respuesta afirmativa del sacerdote, aquellos niños sin zapatos y que sólo comían arroz, preguntaron:

—¿Y cómo les podemos ayudar?

El viernes siguiente se presentaron con una bolsa en la que había tres kilos de arroz cocido para los pobres de Tomelloso. Se acordaron de quienes menos tenían aunque ellos no tenían nada. Habían conocido a Jesús y quisieron ser cristianos. Sacaron el arroz a escondidas de aquella choza en dónde no había nada más para comer.

Ser generosos, tener un Amor tan grande como el de Jesús. Somos todos hijos de Dios. Todos misioneros, como aquellos chicos de nombre impronunciable que amaron a Jesús hasta hacerse cristianos.

Al acabar la Santa Misa, Luis Miguel ha entregado a cada una de las parroquias el arroz de aquellos niños, bendecido, el Bai Si Su Kuam, el arroz del alma.

También nos ha dado unos hilos (puken, tal vez), que nos hemos puesto en la muñeca, para permanecer unidos, para vencer nuestros miedos todos juntos en comunión.

Que esta Luz disipe las tinieblas.

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